
Mir tenía frío, mucho frío, aunque tuviera el cuerpo cubierto de escamas y el fuego naciendo en sus entrañas; pero viviendo en una cueva, y con apenas un par de meses de vida es normal que tuviera frío, aunque fuera un dragón; O eso opinaba él, y no veía porque su hermano Pluk debía reírse tanto del.
Por eso cada se incorporaba con firmeza, y haciendo acopio de valor caminaba hacia la salida de la cueva, sin detenerse ni darse tiempo a temblar, para demostrarle al resto de dragones que podía con el invierno, y día a día, ganaba un paso al anterior, hasta que llego al desfiladero.
Allí fue donde vio remontar él vuelvo a los dragones que vigilaban el valle, con sus pesadas alas cortando el frío aire, dominado desde el cielo a todas las criaturas que pudieran contemplarles, y aquella visión le dejó tan impresionado, que cada día, con el frío ya olvidado, bajaba al desfiladero a contemplar el vuelo de sus mayores.
Un día se sorprendió al ver a Pluk y otros jóvenes dragones, volar entre los salientes de las rocas, y cuando más sorprendido estaba, vio que su hermano mayor le observaba, entonces empezó a retirarse, en dirección a la cueva, temiendo que lo peor estuviera por llegar, pero fue tarde, y antes de llegar a la entrada, su hermano se había colocando tapándole el camino, seguido de cerca por el resto de sus amigos.
-¿Donde vas pequeño Mir,? ¿A refugiarte bajo las alas de mamá, como un cobardica?- Dijo Pluk en tono de burla, mientras miraba a sus amigos.
-Déjame Pluk, tengo hambre y quiero ir por algo de comida.- Contestó Mir, mientras pasaba a su lado, intentando no mirar la reacción de su hermano.
-Vamos hermanito, no te vayas todavía, he visto que estas muy interesado en el vuelo, ¿le has dado ya uso a tus pequeñajas alas?- , contesto Pluk con voz socarrona.
-¿O quizás, el pequeñajo aun no puede ni levantar un palmo del suelo?- Añadió Pluk, sin dejar tiempo a la respuesta, a la vez que una carcajada estallaba en el grupo.
Mir se alejó hacía el interior de la cueva, con una extraña sensación de enfado, no sabía bien si por su hermano, o si por si mismo, ya que era cierto que aun no había podido despegar del suelo, pese a que cada día se entrenaba en un rincón de la cueva donde nadie le veía, agitando sus alas frenéticamente, y dando saltos desde una roca u otra, sin conseguir ningún avance.
Estaba absorto en sus pensamientos cuando vio a su padre incorporarse del lecho donde solía dormir durante días, y dirigirse hacia la salida de la cueva, y aquello le pareció sorprendente, pero más aún que su madre se levantase con él y le siguiera, entonces vio como otros dragones se sumaban a sus pasos y salían todos en dirección del desfiladero.
-Papá, ¿Donde vais todos?- Pregunto Mir con la clásica inquietud infantil.
-Vamos de caza, hijo mío, llega la primavera y es época de volver a buscar comida en los valles.- Sentenció su padre, con la firmeza típica de la voz de un dragón adulto.
-¡Papá!, Quiero ir contigo.- Dijo eufóricamente Pluk que había alcanzado al grupo a carrera.
-No Pluk, los jóvenes debéis cuidar las despensas mientras volvemos, son tiempos de peligro para los dragones. Hoy intentaremos hacer toda la caza de esta temporada y aun eres muy pequeño. Cuida de tu hermano, hijo mío.- Dijo su Madre con un tono a camino entre la severidad y el cariño.
Aquello no le hizo mucha gracia ni a Pluk ni a Mir, que preferían hacer cualquier otra cosa, que pasar una tarde juntos, así que con mas resignación que otra cosa, se dirigieron hacia el interior de la cueva, donde disimularon ignorarse un par de horas. Pluk se adormeció en el lecho de su padre, mientras Mir se fue a su rincón secreto, a seguir intentando avanzar en su vuelo.
Cuando empezaba a caer la noche, un ruido sorprendió la siesta de Pluk, y alerta se dirigió al origen del ruido, cerca de la despensa, con mas impaciencia y curiosidad que sabia precaución, corriendo entre las piedras, y cuando llego allí se encontró de frente, o en un topetazo, con un grupo de jóvenes dragones negros, algo mayores que el, despachando la comida guardada.
-Vaya, que tenemos aquí, dijo una de esas lagartijas con alas que se hacen llamar dragones.- Dijo uno de ellos mientras otro le sujetaba.
-¡SOCORRO, dragones negros en nuestra despensa!- Grito Pluk con todas sus fuerzas.
-Maldito, de todas formas no te servirá de nada, están todos de caza- Dijo el dragón negro mientras de un zarpazo arañaba la cara del joven Pluk.
Mir, que había escuchado el grito de su hermano se dirigió con cautela hacia el origen del sonido, y escudriño la despensa desde una esquina, contemplo al grupo de dragones negros. Uno de ellos presionaba con sus zarpas a su hermano contra una pared, manteniéndole firmemente quieto, mientras el resto seguía devorando con avidez la comida.
Mir cogió carrerilla, y embistió con toda su fuerza, en la espalda del dragón que sujetaba a su hermano, haciendo que perdiera el equilibrio y cayese rodando hacia donde estaban los otros.
-¡Mir corre, vámonos!- dijo Pluk, mientras ayudaba a levantarse a Mir.
Ambos salieron corriendo entre las rocas, mientras oían, como los desconcertados dragones se incorporaban e iban en su busca, y empezaban a lanzarles amenazas desde la distancia.
Casi habían llegado a la salida de la cueva, cuando los pasos de sus perseguidores les alcanzaban, y justo en ese momento, chocaron con una enorme figura que surgía en la entrada, era su madre que regresaba.
La llamarada cegadora que brotó de sus fauces, trajo una luz a la cueva más deslumbrante que el propio sol, y cuando hubo desaparecido, de los dragones negros solo quedaba las huellas chamuscadas de su huida por uno de los viejos túneles de la parte mas profunda de la cueva. Por supuesto esto no seria el fin de aquellos dragones, ni de su enemistad con Pluk y Mir, desde ese día, sus enemigos mortales.
Cuando las cosas se calmaron, y Pluk y Mir se encontraban en el regazo de su madre, contentos de estar a salvo, Pluk puso la su zarpa sobre la de su hermano.
-Mir, sé que quieres volar, no te preocupes, yo te enseñaré- Dijo Pluk con lo que parecía entreverse como una sonrisa de afecto.
Y así fue como Mir aprendió a volar, de la mano de su hermano, y como juntos vivieron muchas aventuras, que quizás algún día os cuente alguna.
Dedicado a mi mejor amiga Patricia, porque un día me enseño a volar, y por todos los días que volamos juntos. Loka, te echaré mucho de menos esta Navidad, bueno, en realidad, te hecho mucho de menos, siempre.